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lunes, 10 de enero de 2011

Todos somos malandros (pero a algunos no nos luce la gracia)

Cecilio Canelón

La parte decente de la sociedad, es decir esa donde no estamos nosotros, entiende por malandreo el acto de comportarse, hablar y actuar como delincuente. Malandro es un delincuente, y delincuente es alguien que busca robar o perjudicar a la gente decente de la sociedad.
El habla popular le tiene otro significado a eso de malandro, y es un adjetivo que refiere exactamente lo contrario: “Te quedan malandros esos pantalones” le dice uno a la chica para informarle que le queda bien. Y hay música malandra, miradas malandras, carros malandros: de buena calidad. Pero lo que el común entiende desde siempre como malandreo es eso de someter a alguien decente, incomodarlo con palabras y actitud, reducirlo sicológicamente y después robarlo o estafarlo, ¿les suena? Bueno, eso es malandreo.
Es decir, malandreo es lo que hacen los banqueros, abogados, policías, jueces, médicos, docentes, sacerdotes, dueños de fábricas y empresas, militares, altos funcionarios públicos, políticos.
Claro que los funcionarios públicos medios y bajos también lo hacen. Igual que los obreros, campesinos, desempleados, amas de casa, estudiantes, reclusos, putas, autobuseros y locos de bola: todos somos malandros.
En esta sociedad, cuyas reglas de juego consisten en que hay una competencia con ganadores y perdedores, exitosos y fracasados, por supuesto que nadie quiere perder. A todo el mundo le gusta ganar, y para poder ganar es preciso que haya quien pierda, y a veces ese perdedor es nuestr@ herman@, nuestra gente querida. Unos suben y otros bajan. Parece una ley natural, pero deja de ser natural cuando para yo poder subir me le afinco al que está al lado y lo derroto: o me hundo yo o lo hundo a él.
Eso es lo que llaman libre competencia. Es la ley del más fuerte (por ahí lo cambiaron a Ley del más Apto, porque hay gente que si n tener mucha fuerza logra imponerse. Y este es el secreto del genuino malandro: el individuo que se impone y humilla a otros sin tener mucha fuerza pero sí mucha astucia. Hay quienes roban un camión blindado y se llevan millones en una acción de fuerza de pocos minutos; hay quienes se llevan cien veces esos millones fundando una empresa y destruyéndole la vida a docenas de esclavos perdedores durante meses, años o décadas. Un explotador que nunca irá preso como el que roba un camión blindado, porque en esta sociedad capitalista exprimir y triturar esclavos y robar con maña no es un delito.
Hay variantes del malandreo, el malandreo puesto al servicio de los altos intereses del pueblo, el que pone la violencia de las armas en la función de enfrentar el sistema capitalista. Los movimientos de liberación nacional que por su astucia califican como malandros, pero como no es hampa común ya que hay motivaciones políticas en su accionar la sociedad les reserva otra denominación: terroristas. Terroristas que hacen lo mismo que los banqueros o presidentes (amenazar a un enemigo histórico) pero del lado de allá. Los mercenarios enrolados en el ejército no son asesinos sino soldados. Los guerrilleros son terroristas. Pero todos son malandros a fin de cuentas, porque todos utilizan recursos de este sistema en descomposición para fortalecerlo o debilitarlo.
El ejercicio práctico es: ubíquese en la categoría de malandreo que más le cuadre, pero asúmalo de una buena vez. Usted es malandro y eso es lo que ha impedido su colapso total en esta sociedad.

jueves, 16 de septiembre de 2010

El “monstruo” que fue todo un pueblo

Artículos referenciales:


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El prestigio del “primer jefe de la democracia” (como lo bautizó Juan Vicente González) funcionaba como hoy lo hacen los blackberrys y la televisión: cuando en una población corría la voz de que se acercaba Boves, esclavos y sirvientes comenzaban a festejar y los amos a aterrarse: eran los misiles del asturiano que se activaban antes de empezar las batallas. Vaya este otro análisis a 228 años del nacimiento del Taita

Cecilio Canelón

Como pretendemos ir a contracorriente, comenzaremos esta especie de biografía desde la muerte del personaje, y un poco después. El 17 de febrero de 1815, desde Mompox (Nueva Granada) Simón Bolívar decía: “La muerte de Boves es un gran mal para los españoles, porque difícilmente se encontrarán en otro las cualidades de aquel jefe”. Es quizá el único pasaje, en todos los documentos de Bolívar, en que El Libertador le reconoce algún mérito a su contrafigura, el hombre que destrozó con sus hordas el segundo intento de fundar una República. Por supuesto que se equivocaba Bolívar: quien lo había derrotado y amenazaba con liquidar a todas las castas dominantes era el pueblo desbordado, no un general con cualidades excepcionales. El prestigio del “primer jefe de la democracia” (como lo bautizó Juan Vicente González) funcionaba como hoy lo hacen los blackberrys y la televisión: cuando en una población corría la voz de que se acercaba Boves, esclavos y sirvientes comenzaban a festejar y los amos a aterrarse: eran los misiles del asturiano que se activaban antes de empezar las batallas. Boves no tenía tras de sí a un ejército sino todo un pueblo alrededor, en todas partes. Mucha gente que se activó y peleó para la causa (que no era la realista, por cierto, sino la de la redención del ser humano en esclavitud) jamás vio al jefe: bastaba invocar el nombre de aquel que invitó al pueblo pobre a arrebatarles a los ricos lo que éstos le secuestraron por años, para que entrara en acción el ejército más pavoroso. Tal cual el Sacudón (o Caracazo) de 1989, la rebelión de 1813-1814 no tenía un foco o punto de partida sino cientos de miles: en cada sótano, fogón o hacienda donde hubiera gente con las esperanzas destruidas, ahí estallaba la furia. Aquel fenómeno, junto con el de Haití años atrás, es el antecedente más claro de lo que se ha llamado Ejército de Liberación Popular en América Latina, y su acción caótica y justiciera se llama democracia. Y fue cruel, muy cruel, este primer ejercicio de democracia participativa y protagónica en Venezuela.
Apenas se olfateaba la llegada del ejército bovero, el esclavo desobedecía a su amo y se iba tras los bienes, tras la niña o mujer que lo despreciaba; el engreído patrón que echaba látigo y desprecio sintió al fin la lanza del que siempre fue obligado a postrarse. La capacidad de destrucción de un pueblo rabioso se echó a rodar inmisericorde. Las ciudades y caminos se llenaron de escenas inverosímiles de horror; así se cobró la gente pobre una venganza de 3 siglos. Pero como siempre es más fácil personalizar el odio y el miedo, los historiadores prefieren atribuirle a un solo sujeto cada degollamiento, cada violación, cada descuartizamiento. Boves no mató a cien mil personas, pero el demagogo estándar jamás dirá que fue el pueblo salido de madre. Eso no genera simpatías. No "vende". Mejor entonces echarle la culpa a un solo hombre.
Pero aquí el punto de interés es otro. Que El Libertador haya atisbado “cualidades” casi irremplazables en José Tomás Boves (muerto en la batalla de Urica, 5 de diciembre de 1814) es digno de apreciarse, sobre todo teniendo en cuenta los párrafos que le había dedicado al asturiano en cartas anteriores: “el archimonstruo, el devastador de Venezuela”… “más de ochenta mil almas han bajado a la silenciosa tumba por su orden o por los medios y aun por las manos de este caníbal, y el bello sexo ha sido deshonrado y destruido por los medios más abominables y de la manera más innatural y horrenda” … “Nada se ha escapado a la furia despiadada de este tigre” … “de todos esos campos risueños, apenas quedan vestigios, excepto escombros, esqueletos y ceniza”.
Así se expresaba Simón Bolívar, un hombre que en una sola orden y en un solo día mandó a asesinar a 800 españoles, incluidos reclusos y enfermos en La Guaira. Esto ocurrió el 14 de febrero de 1814, pero la historia patria prefiere opacar este suceso, y nada mejor que la Batalla de La Victoria, que tuvo lugar el mismo día, para lograrlo. Casi ningún venezolano recuerda hoy que el “Día de la Juventud” hubo una matanza de españoles indefensos.

¿Por qué silenciar la más grande rebelión social?

Antes del período de Guerra Social (1812-1814) hubo varios alzamientos, insurrecciones e insumisiones de esclavos que han concitado el interés de los venezolanos. Desde 1603, cuando se sublevan los negros en las rancherías de perlas en la Isla de Margarita, hasta el alzamiento de José Leonardo Chirino en Falcón (1795), pasando por las muchas cimarroneras y gestos insólitos como los del Negro Miguel, Guacamayo y Andresote, hubo docenas y quizá centenares de actos de rebeldía que pasaron a la historia con gran renombre y admiración, aunque sólo tuvieron alcance local. Quizá sea el de Chirino el más conocido y celebrado de todos los alzamientos de esclavos, y se trató de un movimiento de unas 200 personas que abarcó un territorio de no más de 700 hectáreas.
En cambio, el fenómeno telúrico, el espantoso sacudón que desató el pueblo oprimido bajo las órdenes de José Tomás Boves entre 1813 y 1814, fue el primer alzamiento popular de alcance nacional registrado en lo que hoy se conoce como Venezuela. Pero ese estallido sólo es mencionado como hecho horrendo y maligno, por razones que tienen que ver con el resguardo de los valores de la patria. Más allá de las consideraciones acerca de si Boves y su gente eran “realistas”, descuella el hecho de que la mayoría de las personas sometidas a esclavitud, servidumbre y segregación (negros, pardos y pequeños comerciantes canarios) se incorporaban a las filas de la rebelión en mareas desbordantes. Ha dicho Juan Bosch: “Cuando Boves ordenó el ataque a La Victoria, en el mes de febrero, disponía de 7.000 hombres; cuando huyó hacia los Llanos la noche del 17 de abril, le quedaban sólo 400. Y sin embargo al comenzar el mes de junio reapareció en los Llanos a cabeza de miles de seguidores, tan fieros como los que mandaba dos meses antes.
El pueblo engrosaba las filas de Boves sin cesar, como aumenta la lluvia el agua de los ríos”.
Sobre Boves pesa un dictamen simplista: peleaba por la corona para reimplantar o sostener el sistema colonial. Los hechos hablan de una realidad más compleja: los esclavos y oprimidos le seguían porque a su lado iban a combatir a una casta que se ganó su desprecio: los blancos criollos, los mantuanos. ¿Era realista también el pueblo pobre? ¿Adoraba al Rey y a la Corona? El pueblo pobre tenía entonces una vaga noción de lo que eran o significaban ese personaje y esa institución. No puede reclamársele al pueblo oprimido el "pecado antipatriota" de haber invocado a la corona para sublevarse. La invocación de Boves en el papel hablaba de defensa del Rey, pero la invocación en los campos fue de una rabia ancestral. Demagogo sí que lo era, pero en su descargo queda el haber cumplido una promesa crucial: entregarle al pueblo pobre, o mejor: permitir que el pueblo pobre tomara con sus manos, lo que los grandes propietarios blancos le arrebataron por tres siglos. Allí queda, para la historia, el célebre bando de Guayabal (noviembre 1813), primer documento de Boves a sus jefes españoles, en el cual solicita apoyo y reconocimiento a sus hombres. Se dice rápido, hasta que uno se percata de que “sus hombres” eran gente que no tenían más que medio pantalón y unas cadenas, y de pronto viene un jefe y pide para ellos rango militar y respeto a su investidura.
El Regente Heredia, realista, decía que Boves estaba exterminando la raza blanca en Venezuela. Blanco criollo, mantuano y republicano quería decir lo mismo para los hombres de Boves. Tomás Morales, quien le sucedió en el mando como comandante general del ejército de Oriente cuando Boves murió en la batalla de Urica, escribía en febrero de 1815 que había exterminado a los republicanos. ".. .no han quedado ni reliquias de esta inicua raza en toda Costa Firme", decía.
¿Vale la pena detener el análisis en la observación del presunto racismo implícito en el anhelo de exterminio de los blancos? No, porque “blanco” en 1814 significaba propietario, y el propietario era el esclavista, terrateniente, engreído, poderoso y criminal de siempre: era el opresor que primero era español nacido en Europa y ahora era español nacido en Caracas. Así, la insurgencia de la horda bovera hablaba de un contenido de clases: muerte al que lo tiene todo y poder para el que nada tenía.
El resto de los datos biográficos de José Tomás Boves puede diluirse en una narración bostezante sin problema alguno, porque lo esencial de su persona no es su persona sino el maremoto humano que fue tras de sí: nació en 1782 y murió en 1814. En términos actuales tenemos a un joven de 32 años puesto al frente de un pueblo que por unos pocos meses tuvo el poder (aunque no ejerció funciones de Gobierno). Un pueblo y no un ejército. Ese fue el “secreto” de sus terribles victorias.

miércoles, 28 de julio de 2010

Convit, el Nobel y los aplausos del enemigo

Cecilio Canelón

Cada cierto tiempo tiene lugar entre los nuestros, en el chavismo militante y en los activadores de una Revolución que trasciende la coyuntura actual (“chavistas versus escuálidos”) un fenómeno incómodo y muy molesto. Hay gente nuestra que quiere que el enemigo nos premie. Así, comienzan a surgir iniciativas, recolecciones de firmas, manifiestos, documentos, donde se solicita y a veces hasta se EXIGE que le den el premio Nobel de la paz a Chávez, a Fidel Castro, y justo ahora hay un murmullo en Argentina y otros países porque hay gente bienintencionada (sin duda) pero muy ingenua que solicita el Nobel para las Madres de la Plaza de Mayo. ¿Y para qué queremos que el enemigo homenajee a unas doñas que, al menos según sus principios, son gente nuestra?
El premio Nobel, hasta donde se sabe, es un galardón que la sociedad burguesa-capitalista le otorga a los hombres, iniciativas e instituciones que la hacen posible y soportable. Es el máximo reconocimiento al esfuerzo y aporte que han realizado unos pocos elegidos para que el capitalismo sobreviva como sistema. El Nobel nunca le será entregado a alguien que cuestione a la sociedad descompuesta que tenemos en el planeta. Aun así, hay camaradas empeñados en que le entreguen el Nobel a los nuestros.
¿Para qué en mitad de una guerra queremos que el ejército enemigo se acerque y nos dé un premio? ¿Qué tiene de edificante, gracioso o digno pegar alaridos para que el enemigo nos dé un diploma, medalla y 500 mil euros?
Más recientemente y en ámbitos más cercanos, hace unas pocas semanas hubo un revuelo en Venezuela porque el doctor Jacinto Convit creó una vacuna que ha demostrado su efectividad contra el cáncer. Esta noticia, que por sí misma y sin mayor esfuerzo debía generar una conmoción mundial o al menos una curiosidad del tamaño de ese enorme salto adelante en la medicina moderna, comenzó a interesar a la opinión pública y al mundo de las investigaciones científicas. Hasta que el noble anciano (que por cierto, y para que quede claro, jamás se ha revelado como chavista, comunista ni nada parecido) cometió un error: dijo que esta vacuna no debería ser comercializada, que su misión en el mundo era curar el cáncer de manera gratuita y no para enriquecer a nadie, Y NI SIQUIERA A ÉL MISMO. Ese fue el principio del fin de la nueva noticia. El gremio de médicos mercaderes de la salud, la sociedad de oncología y otros clubes de comerciantes del dolor y el derecho a la salud, le saltaron encima a Convit, acusándolo de estar violando nosecuántas normas bioéticas. Ya cualquiera puede entenderlo: si Convit en lugar de querer hacerle un regalo a la humanidad le hubiera puesto precio a la vacuna aquí todo el mundo lo hubiera apoyado, le hubieran pagado por la fórmula y en pocas semanas varios laboratorios pondrían el medicamento en el mercado a un precio impagable. Y poco después, con toda seguridad, le darían el Nobel al viejo científico.
Y que conste: la humanidad, antes de premiar a los que descubran curas contra los males que ella misma ha producido, debería proceder a cerrar fábricas, a prohibir alimentos enlatados y a desmontar urbes, elementos todos cancerígenos y mortales. Premiar a quien descubre la cura a X enfermedad equivale a decirle al mundo “Puedes estar tranquilo en el capitalismo: yo te enfermo y yo mismo te vendo el remedio”.
El día que el fulano Nobel se lo otorguen a uno de los nuestros, a ese "camarada" hay que fusilarlo. En mitad de una batalla el enemigo de pronto deja de disparar, se acerca y te da un trofeo: ¿tengo que felicitarlo por eso? Si le arrancas sonrisas y aplausos al enemigo es porque estás haciendo algo mal. Estás trabajando para ellos. Convit trabajó para ellos pero en el momento crucial traicionó al capital para ponerse del lado de la gente.
Doctor Convit, puede ir despidiéndose del Nobel.

miércoles, 23 de junio de 2010

Mosca con el sabotaje a la medicina integral

Cecilio Canelón

La actual etapa de confrontación entre el esquema político-social que está muriendo y el que está por nacer ha tenido en Venezuela inquietantes manifestaciones. Las mentes conservadoras han decidido oponerse a todo cuanto haga o proponga el Gobierno nacional para iniciar la construcción de la otra sociedad, y eso incluye las iniciativas que los favorece incluso a ellos (nomás la semana pasada un grupo de ahorristas del banco Federal agredió a un reportero de VTV: no soportan que el Gobierno les pague el dinero que les robó Mezerhane…). Ahora se han desatado los demonios en contra de un factor que debería ser sagrado para todos: la formación de nuevos médicos, gente en proceso de capacitación para atender a los ciudadanos más pobres.
Desde hace unos días, unos nueve mil estudiantes de Medicina Comunitaria Integral que cursan quinto y sexto años han sido enviados a los hospitales públicos del país para realizar sus pasantías, y además para contribuir con la atención a los pacientes que en esos centros ingresan. Estos son los médicos del futuro, en sus manos está el relanzamiento de la Misión Barrio Adentro y la creación de un sistema de salud digno. El problema es que los médicos encargados de orientarlos y evaluarlos son los “profesionales” venezolanos que se graduaron con los criterios mercantilistas y gremiales aberrantes que les inculcó el capitalismo, y ya han comenzado a llegar de varias regiones del país denuncias acerca del maltrato, la vejación constante, la obstaculización de la formación de estos jóvenes por parte de quienes deberían ser sus tutores.
Todo esto obtuvo su colofón en los medios de la derecha con las declaraciones del mercader de la salud Douglas León Natera, dueño de la Federación Médica de Venezuela (por alguna razón este sujeto lleva décadas presidiendo esa organización), quien con el lenguaje adquirido en doce años de antichavismo y más de 60 de desprecio a los pobres, se dedicó a echar sombras sobre los médicos cubanos, sobre los estudiantes de Medicina Integral Comunitaria y sobre la formación de estos. Toda una campaña para hacerle creer al venezolano que es más provechoso pagarle a un médico burgués que acudir a la solidaridad de los nuevos médicos de la dignidad.
Si no conociéramos su índole criminal no lanzaríamos esta advertencia a las autoridades y al pueblo: hay que estar alertas con la continuación de esta campaña malsana y repulsiva, porque en cualquier momento puede morir algún venezolano en un hospital y entonces se creará la matriz de que murieron por culpa de nuestros estudiantes. Suponemos que el Gobierno nacional está sobre estas probables pistas.

lunes, 7 de junio de 2010

Contra todos los racismos

Cecilio Canelón

Yo creí haber oído todas las estupideces posibles acerca de la tragedia del Inca Valero: que si era asesino porque era chavista, que por lo tanto fue un crimen de Estado perpetrado por Chávez, etc. Pero hace unos días escuché la más lamentable y despreciable de todas las "explicaciones". Oí decir a una gente más o menos querida que Valero cometió el horrendo crimen debido a algo que lleva "en la sangre": él mató a la mujer porque era gocho, "y los gochos son así: machistas, violentos y brutos".

Los venezolanos-pueblo debemos estar orgullosos de unos cuantos saltos adelante en materia de mejoramiento de la humanidad, de construcción de una sociedad de inclusión y liberación del ser humano oprimido. Uno de esos saltos es el destierro casi total del racismo contra los negros (afrodescencientes, los quieren llamar ahora). Comencé aludiendo al venezolano-pueblo porque “en ciertos círculos sociales” (y ya sabemos que estamos hablando de la burguesía) persiste ese sentimiento, transformado en ideología y praxis de dominación, que considera inferiores a aquellos seres históricamente explotados y/o apartados del reparto de riquezas y beneficios. Del caso del racismo vivo en la burguesía no quiero ocuparme por ahora, ya que es un fenómeno contra el cual no se puede hacer mayor cosa: el enemigo histórico del pueblo seguirá siéndolo siempre. Quiero ocuparme más bien del otro fenómeno, dolorosísimo por cierto, del odio racista que sienten grandes parcelas del pueblo pobre en contra de nuestra propia gente (algo emparentado con el endorracismo), a causa de perturbaciones impuestas en la percepción que tenemos de nosotros mismos como pueblo.
Si bien en Venezuela hemos superado casi totalmente esa llaga de la humanidad que es el odio contra los negros, subsisten entre nosotros otras manifestaciones del racismo. Una de las más difundidas y aceptadas socialmente, incluso entre el pueblo pobre y explotado, es el desprecio y el odio contra los andinos. Usted suelta en público un chiste racista contra los negros y seguramente será enfrentado, señalado, mandado a callar el hocico y en un caso extremo linchado. Y así debe ocurrir: todo racista debe ser execrado y puesto en el basurero de la historia. Pero si usted cuenta uno o varios chistes contra los gochos el gesto será aplaudido y celebrado. Sin darnos cuenta, estamos reproduciendo una conducta igual de absurda e indigna que la anterior. El rechazo a los andinos es igual al rechazo a los negros, indígenas, palestinos, árabes en general; pero odiar hasta la repugnancia a los gochos es un acto tan “natural”, tan difundido y aceptado en todos los círculos, que justamente por eso es preocupante.
Hay quienes han pretendido explicar este fenómeno, o ubicarlo históricamente a partir de los desmanes que perpetraron los chácharos (los policías de Gómez) en toda Venezuela. Según el análisis, en el oriente venezolano nadie jamás había visto a un andino, y cuando lo vieron por primera vez se trataba de un sujeto extraño en su fisonomía y arbitrario en el trato, un uniformado que iba por toda Venezuela a poner "orden" en nombre de la dictadura. Se ha hablado también de una presunta proyección del odio del venezolano a sus peores presidentes (los andinos en el poder: desde Castro hasta CAP, pasando por Gómez y Pérez Jiménez). Son teorías o tesis que podría valer la pena analizar y discutir, pero de ninguna manera justificar la sentencia que pretende pesar sobre la gente nacida en Los Andes: cuando usted sostiene que los gochos merecen desprecio está a un milímetro de decir que son inferiores.
El asunto va más allá del simple hecho de someter a burlas a los nacidos en Los Andes, ya que por lo general son los propios andinos (y también los gallegos, caso singular del pueblo español) los que suelen inventar y difundir chistes contra sí mismos. Hace unos años estuve con un camarada en San Cristóbal. Recorríamos el terminal de pasajeros cuando el compañero me soltó un comentario desgarrador: “Aquí la gente tiene cara de mongólica. Yo creo que es que aquí los tipos se cogen a las primas y a las hermanas”. Y luego, en Mérida, otro camarada (un camarada: alguien que habla y hace cosas por la Revolución) observó a unos borrachos amanecidos, se paró frente a una montaña y no vio sembradíos, y sacó la conclusión que ya su prejuicio racista traía elaborado en el cerebro: “¿No y que eran tan arrechos los campesinos de aquí? ¿Dónde está la cultura del trabajo?”. Ante ambos amigos guardé silencio, porque este es el tipo de temas que no se debaten: se enfrentan.
Yo nada tengo que discutir frente a un argumento racista. Las dos actitudes posibles ante una estupidez de ese tamaño son el silencio (para no generar conflictos que pudieran resolverse luego en serena conversación) o la acción violenta directa. Ante mis dos amigos opté por el silencio porque estoy seguro de que ellos son ignorantes del asqueroso sentimiento que los carcome por dentro. En ellos el racismo no es ideología sino ignorancia; esto hace que sea posible un llamado a la conciencia y a la reflexión. En la burguesía el racismo sí es ideología: ese es el enemigo. Contra ellos, nuestra rabia emancipadora y nuestra violencia justiciera.

miércoles, 19 de mayo de 2010

Tres años del “fin de la concesión” de RCTV: ¿cuándo dejamos de ser rebeldes?

Cecilio Canelón

En estos días (27 de mayo) cumplimos tres años sin RCTV. Es bueno decirlo así y no en forma proactiva (como dicen los manuales de autoayuda), o sea, no montarnos en una celebración que no tendría sentido: “En estos días cumple años en el aire TVES”. Da para otro artículo ese asunto de la Televisora Social (¿por qué todavía no tenemos un programa seguido y aceptado por los venezolanos, o al menos por los venezolanos convencidos y participantes del proyecto bolivariano? ¿Son pocos tres años?), pero el que nos ocupa hoy va más bien por el lado del recuerdo de las tensiones del año 2007. La inquietud que recorrió las calles, el despertar bullicioso de la escualidez, y la revelación de nuestra tremenda inseguridad como chavistas o gentes que queremos o decimos querer echar adelante una Revolución. Así que esta breve reflexión no tiene que ver con calidad de televisión ni programas nuevos o viejos, sino con una pregunta que requería mente fresca y algo de serenidad, cosa que tenemos ahora: ¿Cuándo dejamos de ser rebeldes? ¿Cómo se puede hacer una Revolución desde la inseguridad y el miedo a los poderosos y (peor) al qué dirán?
Datos para la primera pregunta: la rebeldía es un ingrediente fundamental para echar a rodar cambios revolucionarios. Sin ese elemento no es posible ni siquiera el acto simple de meterse con los poderosos, afectar sus intereses; sin rebeldía no es posible ni siquiera el gesto primario de rebelión que significa faltarle el respeto o alzarle la voz a ese poderoso, o empinarse cuando nos ordena arrodillarnos. Ese requisito quedó más o menos cubierto cuando el Gobierno decidió que la programación de ese canal no salía más por señal abierta, y nosotros como pueblo celebramos y defendimos esa decisión. El “problema” (o más bien nuestro arrugue ante el problema) sobrevino después.
Segunda pregunta: ¿cómo puede una sociedad hacer una revolución si quienes la promueven tienen miedo o vergüenza de molestar al enemigo? La línea discursiva que se impuso desde las alturas oficiales en aquel momento era de un tembloroso que daba tristeza: estaba prohibido decir “El Gobierno cerró o le quitó la señal a RCTV”. Las normas (imagínense, una Revolución respetando normas burguesas) indicaban que era necesario presentarlo todo como un acto legal, pulcro, derechito y sin sobresaltos: no fue que cerramos RCTV, sino que se le acabó la concesión al grupo 1BC y el Gobierno decidió no renovársela. Esto fue estrictamente así, pero en un proceso revolucionario ¿qué tienen los revolucionarios que andar justificando nada ante los poderosos, ante el enemigo que se quiere derribar de su pedestal de privilegios? A unas familias que han expoliado al pueblo pobre durante siglos, una burguesía insolente, ¿hay que explicarles que existen unos papeles que justifican nuestra acción revolucionaria? En una Revolución a los mafiosos, a los burgueses y residuos de la aristocracia hay que decirles “Miren señores, ustedes tienen esta empresa o este privilegio y el Gobierno Revolucionario se lo está quitando, ahora vayan a llorar a donde quieran, esto es una expropiación y aquí se acabó el reinado de los super empresarios”. ¿Ustedes se imaginan a Bolívar explicando ante el mundo las razones legales de la Guerra a Muerte? ¿Qué ley ni qué nada si lo que estamos es en guerra?
El tiempo ha dicho cuán equivocada estuvo aquella estrategia de arrebatar con pena de hacerlo: en aquel 2007 a esa blandenguería y esa inseguridad nuestra se le notaron las costuras, y en diciembre la indefinición se tradujo en derrota electoral (fue el año en que perdimos el referendo para la Reforma). En 2007 los escuálidos retomaron su acción en marchas y discursos encendidos y eso los hizo ver a la ofensiva; y nosotros, que supuestamente somos los que estamos al ataque porque somos revolucionarios, invertimos todo el año en dar explicaciones temblorosas: "No vale, no el Gobierno o cerró un canal, lo que pasa es que se le terminó la concesión y entonces el artículo tal de la Ley de Telecomunicaciones indica que...".
Este año el Gobierno está expropiando y nacionalizando a paso vertiginoso, con una diferencia: ahora no hay “fin de la concesión” ni artimaña con aspecto legal sino puro y simple acto soberano de quitarles a los ricos lo que necesitamos los pobres. Así es que se gobierna y así es que se hace Revolución: no disfrazando nuestros actos audaces sino restregándoselo en la cara al enemigo. Ante la prepotencia del poderoso, altivez del pueblo. Esa es la fórmula para sabernos en rebelión y sentirnos orgullosos por ello.

miércoles, 3 de marzo de 2010

Llegó El Cayapo 38 (cañón corto) promoviendo los ignorares

Cecilio Canelón

Enfrentarse a un Cayapo es una faena dura, más o menos traumática. No es la clase de documentos o lecturas que usted aborda y a los diez minutos ya ni se acuerda o no le importa su contenido. Si usted se toma en serio la tarea de leer un Cayapo (o intenta leerlo, o al menos doblarlo como estaba antes que usted lo desguazara) usted no dormirá tranquilo esa noche. Muchas cosas quedarán revoloteando en su mente. Es probable que no quede contento, satisfecho o agradecido, y esa es precisamente la idea: que usted se inquiete, que se quede pensando y nombrándole la madre a los editores. Leer por primera vez un Cayapo recuerda la primera rasca con anís: usted pasa un rato fino pero al final siente que algo no anda bien. Hasta que las tripas se le rebelan y usted termina maldiciendo. Pero más temprano o más tarde uno vuelve por el anís. Porque la pea y el ratón se le quedaron en el subconsciente.

Recuerdo la primera vez que tuve en las manos un ejemplar de El Cayapo, la impresión que me dejó. No pude y no puedo llamarlo “periódico” porque no cumple con el requisito de la periodicidad (no es diario ni semanal ni mensual ni bimestral ni nada) y porque su forma, su diseño, su formato, no cuadra con eso que nos acostumbraron a llamar “periódico”: un Cayapo no es el clásico librito donde uno sabe que después de la página 1 viene la 2 y después la 3, no señor. Usted mira al Cayapo, lee unas pocas líneas del “edichorrial” (un editorial cayapérico) y quiere voltear la página, y ahí empieza la pesadilla. Primero porque “voltear la página” tampoco es un trámite fácil: usted no puede hojear un cayapo, tiene que desarmarlo. Después de la página que uno supone que es la 1 no viene la 2 sino una solapa; después, un pliego grande; después otra solapa, después algo que parece un afiche y después una página que parece “normal”.

Se detiene uno en la página con aspecto normal, aliviado, y es como levantarse a una morena que uno supone que maneja los mismos códigos que uno, pero no: la bicha te empieza a hablar en sánscrito antiguo, con un discurso que no es nada normal (era la pinta nada más). Te dice, por ejemplo, una herejía como esta: “Si usted como pobre medio piensa, y trata de preguntarse qué coño hacían sus abuelos y los abuelos de ellos durante los gloriosos episodios de traspaso de un propietario español a uno criollo del país en el que pusieron a trabajar al pelabola extraoficialmente encargado de transformar la historia, de pelear en su guerra, de compartir las convicciones de los grandes cacaos tarde o temprano sin considerar que desde mucho antes de eso ya era patá, mordisco y kunfú resistiendo al exterminio blanco contra el que sus abuelas tenían que echarle un cerro para no caer, o caían; en fin, si usted cree que el cuento del bicentenario es con usted porque sí, sin anestesia, sin vaselina, sin sospechar un mínimo indispensable, cierre el periódico, apague la pistola y constate a ver si sus tatarabuelos estaban en la foto del 19 de abril de 1810, o, manquesea, en el retrato de familia que Lovera o Michelena sacaron pal 5 de julio de 1811, y si ahí ve a su negro, pardo o indígena tatarabuelo (porque la abuela ni de vaina) incorporado a ese sagrado episodio de la memoria nacional, avise donde y notifique a esta redacción qué consume y comparta”.

Así que está en la calle el número 38 de El Cayapo, una experiencia que comenzó el año 1998. La lista de gente que lo hace, lo dobla y lo distribuye es gigantesca, así que mejor ni intentar nombrarlos a todos. Así que saludos a Ramón Mendoza (el cayapo mayor) y a la iniciativa que los desvela: el Encuentro Mundial de Ignorares, que se anuncia bueno y sabroso porque es el opuesto de los Encuentros de Saberes.